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ALGO HUELE EN MARBELLA

August 12th, 2007 by Angela

Quien no ha oído hablar alguna vez de la hermosa Marbella, parada turística obligada en

la Costa Del Sol para los turistas que viajan en busca de arena, mar, sol y tranquilidad y por qué no para los cercanos residentes que seguramente evocan tiempos felices a orillas de estas playas o vespertinos paseos a la cobija de las palmeras que se alinean solicitas a lo largo del Paseo Marítimo. Sin embargo este nombre puede significar exactamente todo lo contrario. Para que esta última frase cobre sentido, les contaré acerca de un viaje que hice hacia la ciudad de Lima en el Perú hace algunos años.

 

            Resultó que con unos amigos viajamos por cuestiones laborales hacia la antigua colonia española ubicada en el hemisferio sur. Nuestra tarea consistía en llevar asistencia social a un grupo de niños huérfanos que se encontraban albergados en el llamado Puericultorio Pérez Aranibar. Nuestra llegada fue de lo más normal, prevista para el comienzo de la semana. El alojamiento fue de lo mejor, quedamos acuartelados en el céntrico distrito de Miraflores a tan sólo diez minutos de lo que sería nuestro centro laboral por los siguientes dos meses. Y así llegó el primer día de labores. Despertamos muy temprano y bajamos a desayunar al lobby del hotel. Ahí fue la primera sorpresa. El mozo del hotel ante nuestras peticiones nos recomendó que no olvidáramos pedir la especialidad del hotel, los tamales. Así lo hicimos. La fuente conteniendo nuestros alimentos para las próximas seis horas llegó a los pocos minutos. A lo lejos me pareció divisar unos paquetes en la fuente. Supuse que se trataba del periódico del día, aunque a decir verdad nunca había visto un diario de color verdoso. Ya cuando tuve la fuente a tiro de ojo me di cuenta que se trataba no de uno sino de tres paquetes bien compactos y atados con una especie de cinta igualmente de tono verdoso. Nos miramos sin saber qué decir. El mozo, muy vivaz, notó nuestra sorpresa y se apresuró a servirnos al tiempo que iba explicando que se trataba de una exquisita masa hecha a base de sémola y rellena de pollo, ají y aceitunas. Seguíamos sin entender, entonces el mozo se afanó en desamarrar uno de los paquetes cuidadosamente liados. Cuando logró deshacerse de la cinta, procedió a desenvolver el paquete, el cual no dejaba de echar humo. Un humo por cierto con un aroma exquisito a trigo. Luego de unas tres volteretas al fin el paquete descubrió su tesoro. Era efectivamente una masa de forma rectangular, de tonalidad entre la gama naranja y amarilla y de una textura sólida al estilo de una gelatina. No había marcha atrás y nos animamos a probar el turístico desayuno, cuando nos acercamos al platillo, el olor nos invadió, una sémola casi neutral. El sabor fue exquisito, sin duda el pollo se complementaba a la perfección con ese toque mágico de un ají que averiguamos se llamaba Mirasol y que se caracterizaba por otorgar sabor en desmedro del picante típico de esta especia. El potaje venía correctamente acompañado de una guarnición de camote para los que no perdonamos la ausencia del sabor dulce en el plato de turno. Asimismo el desayuno remataba con panes frescos y café. Mejor imposible. A partir de ese día, mis compañeros y yo estuvimos de acuerdo en que recordaríamos nuestro viaje a Lima, Perú por el magnífico aroma del tamal. Quién iba a decir en esos momentos que no iba a ser el único olor que se nos haría indeleble. Les contaré lo que siguió a estos días en el siguiente post.

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