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ENCANTAMIENTO EN MARBELLA

August 20th, 2007 by Caleb

Me sentí como un chiquillo nuevamente, gracias a Marbella. Una mujer hermosa me hizo sentir así, no se llamaba Marbella, Marbella es más bien la locación de los acontecimientos que me remontaron a mis años de adolescencia donde abordar a una chica era un trabajo paciente y propio de un servicio de inteligencia. Precipitarse podía traer por abajo toda la ilusión puesta en  un solo encuentro. La primera vez que la vi andaba yo paseando despreocupadamente por el malecón. Serían las cinco de la tarde aproximadamente y el sol ya no golpeaba tan fuerte, había estado todo el día en la playa, asoleándome solo ya que mi compañero de viaje había decidido dar un paseo por la ciudad. Le recriminé su actitud en ese momento, digo, habíamos viajado hasta Marbella para aprovechar al máximo las playas y los hermosos paisajes veraniegos que nos ofrece el turismo a esa zona y si nos organizábamos correctamente podíamos sacar el máximo partido a nuestro viaje. En ese sentido no había que ser muy despierto para dividir nuestro viaje a Marbella en dos grandes frentes, consistiendo el primero de ellos en dedicar las mañanas y las tardes, a ser posible, completas, a la estancia en las playas de la ciudad. Era allí donde encontraríamos las mejores oportunidades de conocer gente nueva y hacer amistades. El segundo frente evidentemente consistiría en aprovechar las noches para pasarla en la ciudad y formar parte del circuito nocturno de Marbella, ahí podríamos comprar algunos recuerdos además de pasarla muy bien en las discotecas. Sin embargo mi amigo Derek siempre fue un tanto desordenado. Al principio se mostraba de acuerdo casi con cualquier planeamiento pero después se iba dispersando en su mundo y terminaba haciendo algo totalmente distinto, como en este caso, que alzó vuelo y sabe Dios dónde transitaba en las tardes de Marbella. Las mañanas sí la pasábamos en las playas pero hacia el mediodía, so pretexto de protegerse de los rayos ultravioletas, Derek se marchaba y no aparecía hasta que caía el manto nocturno. Yo por mi parte aumentaba la dosis de protector solar pero seguía fiel al sol consiguiendo un magnífico bronceado. Cada cierto rato me zambullía a las tiernas aguas del mar de Marbella a cargarme de esa energía que sólo el mar posee y luego me volvía a ofrecer a los rayos solares. Mi almuerzo era ligero y ya entrada la tarde aprovechaba para darle un poco de tiempo a la lectura del diario y a mi inseparable libro. Cuando mi reloj ya marcaba las cinco de la tarde aproximadamente, procedía a retirarme a mi hotel recogiendo mi toalla y un pequeño maletín de mano que acostumbraba llevar conmigo.

 

            Esa era mi rutina diaria mientras vacacionaba en Marbella y en uno de estos días es que me topé con este magnífico ejemplar de mujer. Me regresaba como siempre, con las sandalias y los pies envueltos en arena y el cabello desordenado, la toalla al hombro como entrenador de boxeadores y mi maletín d emano a cuestas. Es en esos momentos, cuando desfilaba desgarbadamente por el malecón que veo ascender por una de las escalinatas a dos siluetas que s eme antojaron muy femeninas. Venían conversando y gesticulando y a juzgar por sus velocidades y la que yo traía el tope iba a ser inminente. Y así fue. Cuando llegué a la altura de las escalinatas, las dos chicas cubrían el último peldaño de las mismas quedando a mi altura y a tiro de puerta. Yo, caballerosamente por supuesto, y ocultando inútilmente las segundas intenciones masculinas, desaceleré mi marcha cediéndoles el paso. Ellas por su parte, concentradas en su conversación no se dieron cuenta de mi maniobra y siguieron su camino cruzando perpendicularmente a mi posición y dejándome un exquisito olor a bronceador de almendra. Una de ellas tendría unos treinta años aproximadamente, usaba gafas de sol y tría un sujetador de baño en la parte superior dejando para su parte baja un inoportuno pareo de baño. Fue su amiga la que más me llamó la atención porque entre otras cosas tenía un detalle poco común en las mujeres que veranean en las playas de todo el mundo y era que no llevaba gafas de sol permitiéndome ver su cautivante mirada, ahí empezó mi encantamiento.

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