Solo un beso y el adiós
June 21st, 2007 by
Angela
Barry White, el maestro Barry White, tenía una legendaria canción llamada “Solo un beso y luego adiós”. Esta canción me hace recordar una querida historia de amor entre una tía y un joven español de Marbella. Los protagonistas de esa historia de amor fueron mi tía, el bravo español y la ciudad en la que se alojaba mi tía en compañía de sus padres.
Me gustaría decir que mi tía fue una estrella del cine peruano que viajó a Marbella en un viaje de placer, pero lo cierto es que mi Tía acompañó a su padre y a su madre a Marbella por una herencia pequeña que había dejado su tía abuela en aquella ciudad.
Ese viaje de chica limeña de clase media fue para mi tía el premio a su esfuerzo en los años que llevaba estudiando educación en una Universidad privada de Sudamérica. La ilusión con la que mi tía me contaba aquellos días previos al viaje y sus ajetreados preparativos me hacen comprender lo inolvidable que fue ese viaje para ella.
Cuando mi tía llegó al ayuntamiento de Marbella se quedó prendada de sus playas, el Ancón, la bajadilla, el Cable, el Faro, Fontanilla, Nagüeles y Artola. Srgún me contaba mi tía sus mañanas consistían en conocer una nueva playa y conquistarla. Dezbo aclarar que para mi tía conquistarla solo significaba echarse en su arena y disfrutar del sol y el murmullo del mar.
Otro de los recuerdos mágicos de mi tía fueron las calles estrechas y empinadas del casco antiguo. Lugares llenos de historia que la acogían con unos farolillos en el frontis de las casas. También abundaban pequeños balcones adornados con plantas como los de la calle Aduar. Y, claro, la fuente de la plaza Fernando Alcalá, lugar romántico por excelencia para mi tía ya que allí al español que mencionaba antes. Un chaval de tez morena de nombre Gonzalo. Pues resulta que este muchachillo ayudaba en un comercio cercano y se percató de una chica distinta en la fuente. No es muy común el tono de piel de los latinoamericanos. Mi tía estaba embobada mirando la fuente y se le acercó Gonzalo con una seguridad pues española para preguntarle “¿Se te ha extraviado algo?”. Obviamente mi tía, latinoamericana, no estaba acostumbrada a que un tío se acercara de pronto y le hablara como si la conociera de toda la vida. Eso era en latinoamerica hasta irrespetuoso.
Y no le habló. Solo se sonrojó y se quedó muda mientras el español le seguía hablando intentando ser amable. De seguro que pensó hablaba con una chica sordomuda. Pero mi tía estaba encantada de escuchar al muchacho solo que de puro tímida no le podía hablar. Fue tanta la vergüenza de mi tía con esa situación que terminó marchandose a toda carrera.
Ya en el hotel mi tía pensó que había perdido la gran oportunidad de vivir un gran romance y se lamentó de haber huido tan precitadamente. Por la noche en la cena mis abuelos se extrañaron del silencio y los suspiros de mi tía.
Tres días después mi tía visitaba la iglesia de Nuestra Señora de
la Encarnación y sorpresa de sopresas se encontró nuevamente con el español. Este la saludó con la frescura de siempre diciéndole “¿Otra vez por aquí?” para luego acompañar sus palabras con extraños gestos de mímica. Mi tía no lo miró sorprendida al comienzo, pero luego al comprender que Gonzalo se esforzaba con gestos de sordomudo no pudo evitar estallar en una risa tímida (propia de las chica latinas). Y finalmente le habló ante la mirada atónita del españolillo.
Los meses que siguieron al encuentro de mi tía con Gonzalo fueron felices. Gonzalo se convirtió en su guía oficial de la ciudad y pasearon por diversos sitios como el reloj de sol,
la Plaza de los Naranjos con
la Casa del Corregidor y otros lugares de encanto indudable.
Dice mi tía que cuando se despidió de Gonzalo, para regresar a latinoamérica, no quiso que él la acompañara hasta el Terminal. Al contario le pidió que su último encuentro fuera en la fuente en la que se conocieron.
Según mi tía ese último beso en la fuente fue el que se quedó para siempre en sus recuerdos de Marbella.
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